Nos dejamos huellas.
Llego el momento en el que entendí que ya
no quería su pasado, ni mucho menos quería un futuro junto a él, llego el
momento de afrontar la realidad, llegue a ese punto de partida en el que no me
importaba nada exceptuando el estar, permanecer, disfrutar del hoy. Llego ese
momento en el que me di cuenta de que todo se trataba de dejarnos huellas,
huellas eternas, huellas imborrables, huellas para la posteridad.
Juntos nos pisamos el alma, dejándonos rastros
que pudiéramos contar a nuestros hijos, o con un poco de suerte a nuestros
nietos. Anécdotas nuestras. Caminábamos despacio pero fuerte, a la misma
velocidad, con la misma naturalidad, soltando las riendas, lanzamos un par de
veces la moneda para no equivocarnos con las decisiones, sin dar marchar atrás,
nos detuvimos un par de veces a descansar pero nunca con intención de fallar ni
abandonar.
Al principio, hubieron noches donde no sabíamos
que decir, pero siempre nos abrazábamos a la posibilidad, a la ilusión, hicimos
lo necesario para hacer de esos pequeños instantes algo grande, algo eterno,
algo magno. Entre los buenos días con café, intercambiábamos el desayuno por
sexo con amor, le pasábamos por encima a cualquier prohibición, estábamos llenos
de emociones, pero él siempre llevaba la ventaja.
Yo, ya no intentaba averiguar el cómo ni
los porqué ¿?, decidí entretenerme en el qué... Me deje llevar al mar y flotar aunque
un par de veces trague bastante agua, me deje perder en el bosque de sensaciones
en el que me introducía, me permití caer una y otra vez en ese charco de lodo
llamado amor para embarrarme y ensuciarme siempre que ambos lo pretendiéramos, reconociendo
que una vez que el agua se ensucia no se limpia pero que el tiempo con su magia
si la seca o la disipa, así fuimos perdiéndonos entre tanta realidad y
encontrándonos en nuestra ficción. Admití que en ocasiones toca ser un instante
y acabar con las ansias cuando te atrapan.
Acepte que siempre querré enloquecer con
él, comprendí que su voz es la melodía que siempre quiero escuchar durante mis
ratos de embriagues, enfrente la guerra asumiendo que iba a perder. Decidí
regalarle a él todos mis suspiros aunque después él solo me regalara soledad. Concluí
en hacerlo dueño de mis versos, de mis labios, de los pedazos de corazón
extraviados, decidí obsequiarle mis vacíos, y hacerlo testigo de mi verdad.
Lo que
sí aprendí es que hay errores que son fabulosos, que siempre querrás repetir,
errores que te hacen feliz, y aunque debes dejarlos atrás y continuar, no hay
muchas fuerzas para mantenerlos lejos de ti, hay muchos errores que siempre
llevas guindando y te arrastran una y otra vez hacia el abismo, sin tener ningún
sentido, porque cuando te das cuentas ya te encuentras en la punta de la cima,
mirando el vacío, pensando en saltar o devolverte, y cuando estas apunto de
retroceder, te avientas al precipicio, y amas la caída, no porque no tenías más
opción, sino por decisión. Son de esos errores que te dan ganas de repetir, que
no te matan pero te hacen vivir, errores con los que quieres volver a tropezar,
porque no importa el tamaño del daño cuando la satisfacción llena el corazón.
Llegue a ese punto en el que no quería promesas,
ni juramentos de amor eterno, ese momento de aceptar la tempestad y amar aunque
lloviera, éramos amigos disfrutando del verano, sin quererlo nos volvimos
amantes sin ningún tipo de pasado, sin conquistarnos nos entregamos, con libertad
nos hicimos tanto bien que queriéndonos mucho terminamos dañándonos. Nos consumíamos
al mismo tiempo que nos destruíamos, inhalando los sentimientos y exhalando los
relámpagos que producían nuestros cuerpos cuando se juntaban, unos cuerpos que
se encontraban provocando accidentes al tocarse, unos cuerpos que se hundían en
el charco sin importar el ayer, sin querer el mañana, aprendieron a tomar el
hoy, aprendieron hacer los remiendos necesarios al alma para soportar las despedidas.
No hay labios que puedan hacerme sentir lo
que sus labios un día encendieron en mí, parece hasta mentira y suena friki,
pero cierro los ojos y sigo viéndolo todo, amo hasta su lado más oscuro, ese
lado perverso que me hace averías, no hay día que no piense en él, en lo que
sueña, en lo que intuye, nadie puede elegir el momento preciso para
encontrarse, solo transitamos y nos topamos un día con alguien que se convierte
en el lugar que siempre querrás visitar, te acaricia cada rincón aunque luego
lo desborone todo de un solo tirón. Él se quedó en mi ser, habita mi mente a
pesar de estar ausente.
A veces me pregunto hubiera sido de mi si nunca
te hubiera conocido? Y justo entonces doy risas al viento y me repito que no
imagino que tan diferente sucediera el cuento. Porque si me dan otra
oportunidad, de echar para atrás y volver a escribir esta historia, la seguiría
escribiendo por ti aunque no contigo, no le cambiaría ni una sola coma, no cambiaría
ni un solo rasguño, no cambiaría ni un solo segundo contigo.
Lo que nadie sabe es que el día menos
pensado es precisamente ese mismo error el que te despierta, lo hace de un solo
golpe, empiezas aceptando el desastre, viendo la belleza en la pérdida, la
locura en la simpleza, recoges tú mismo los escombros, quieres repararte las
heridas pero sigues adorando el hecho de que apareció porque terminaste amando,
consciente e inconscientemente, aunque no querías. Amas. Y más de la cuenta.
Y te
anclas a esa famosa frase: “Hasta que la muerte nos separe”.

Cuesta creerlo, hasta
que te pasa.
-.Aksu.


Comentarios
Publicar un comentario