La Azotea.
Un día, o una noche, no, no, mejor dicho, fue
una madrugada. Justo después de una reunión familiar, entre risas, tragos,
cuentos muy viejos, anécdotas, chistes, música, cigarrillos, cervezas y el
ambiente cargado con mucha buena energía, a ella se le hizo tarde para volver a
casa y él, aunque no tenía hogar, le dio refugio. A ambos les dieron un aventón
hasta el lugar.
Llegaron al sitio los dos alegres, más de lo
normal, riéndose de todo, hablando en tonos altos, ambos estaban en ese nivel de
alcohol donde “la vida es bella”, aquel nivel donde “sentirse bien es lo que
cuenta”, donde precisamente “el momento se aprovecha”; ambos compraron varias
cervezas más, unos cuantos cigarrillos y subieron a la azotea del edificio
donde él se estaba quedando, querían continuar intoxicándose la conciencia para
desintoxicarse de la realidad.
Desde el comienzo todo eso fue divertido,
imagínense el panorama: dos chiflados, ebrios, descalzos (se quitaron los
zapatos para evitar hacer ruido y no despertar a los vecinos) subiendo unas
escaleras interminables lo más silenciosos posibles, les costó, tanto mantener
la mudez como contener la risa y aquellos pisos los dos borrachos los agotaron
más de lo normal, pero pasaron la prueba. Llegaron a la dichosa azotea sudados
y muy acalorados.
Aquella azotea era grande (más de lo que
ella esperaba), el cielo estaba estrellado y la única luz que los acompañaba
era la de la luna; los dos sin aire que respirar se acostaron en el suelo, en
busca de tranquilizar el pulso acelerado. Cuando pudieron comenzaron hablar de
las complicaciones de la vida, de los golpes que no se curan, de las muchas
heridas que cargan en el alma; él encendió un cigarrillo y comenzó a fumarlo, seguido
a eso saco las dos primeras cervezas, ambos las chocaron y brindaron, al unisonado
repitieron salud!, ella dijo por la locura para que nunca abandone nuestras
vidas, él dijo por la azotea que se convirtió en nuestra guarida, ella lo miro
a los ojos y dijo por la luna que nos vigila,él sonrió y dijo por la vida y el
destino que nos pusieron esta noche aquí, ambos se miraron y bebieron de sus botellas.
Tomando
cerveza y conversando, así arranco aquella madrugada borrosa, al cabo de unos treinta
minutos estaban sumergidos hablando cuando de pronto él dijo que últimamente
estaba celoso, y comenzó a disparar un montón de preguntas contra ella, que
porque ella se la pasaba tanto con otro ser, que porque ahora todo era ese
otro ser? Que porque ella ya no hacía nada con él? Que porque ella ya no lo
incluía en sus planes? Que porque él tenía que enterarse de las cosas por otra
persona y no por ella misma? Que porque lo había cambiado? Que si ya no lo quería?...
Ella, se encontraba bastante ebria, y de pronto le dio por reírse, al
principio, después se sintió aturdida con aquel montón de preguntas.
Asombrada con esa ráfaga de preguntas que la
verdad no se esperaba, y que tampoco sabía bien qué iba responderle, solo sabía
que ya estaba ebria hasta los huesos y que su amor por aquel amigo comenzaba a
notarse en ambas partes. No, mentira. No estaba ebria. Estaba más que ebria,
estaba bien borracha, contenta y putamente enamorada de ese hombre, porque esos
celos que él reconoció, fue el motivo razonable para aventarse por aquel
precipicio, fueron de esos celos que te alegran, que te prenden la esperanza
que creías muerta.
Su conciencia que nunca se emborrachaba le
gritaba que saliera corriendo de allá, que el error que estaba pasando por su mente
no lo debía cometer; el corazón por su parte empezó hacer de las suyas, le
gritaba desde el pecho que esa era su oportunidad, que la aprovechara porque
quizás no encontraría nunca otra oportunidad. La conciencia repetía que debía
recordarle que él hace rato que la había excluido primero de sus cosas, que fue
él quien implanto la distancia entre los dos, el corazón decía que no, que lo abrazara, que le dijera
que no tenía por qué ponerse así, que él era único en su vida, que jamás nadie en
el planeta lo reemplazaría, la conciencia terca sugirió dejar de ingerir
alcohol, que no se dejara llevar por ese amor, que le iban a causar dolor y el corazón
dicto sentencia diciéndole que sintiera.
Ella no dijo nada, solo se quedó observándolo,
nadando para evitar ahogarse en el mar de sus sentimientos. Y así, comenzó
aquella tormenta emocional a arrasar con todo, el corazón empezó hacerse débil
y el pulso se le estaba acelerando. La razón emprendió su camino en el que
debía perderse, y aquella chica no pronuncio palabra alguna que pudiera responder
a todas aquellas preguntas.
Ella lo miraba, y la única respuesta que
tenía en su mente era besarlo. Aunque en la poquita conciencia que aún
conservaba la mantuvo inmóvil… y dijo casi en un susurro, más para ella misma
que para él “a veces, sólo nos toca dejarnos llevar por las pequeñas cosas que
nos hacen sentir bien”. Él desorientado le pidió que repitiera lo que había
dicho y ella le dijo para cambiar el tema radicalmente: “se acabaron las
cervezas amigo mío, deberías ir por unas cuantas más”.
Él se levantó del suelo y dijo que el tema no
había acabado, se dirigió a las escaleras y bajo en busca de más cervezas; ella
se subió al borde de un muro ahí en la azotea, en principio porque pegaba la
luz de los otros edificios e iba intentar leer un libro que cargaba en su bolso,
pero estaba tan mareada que no pudo leer ni dos líneas, así que miro hacia la
calle y vio cómo su amigo cruzaba la calle por mas alcohol y luego se recostó
en el borde del muro, observo la luna y las estrellas, pensó en su amigo que había
muerto hace un año atrás (es una costumbre para ella siempre que ve la luna
recordarlo, se lo prometió). Después de unos instantes sonrió, al cielo, al
viento, a la noche, a la luna, a las estrellas y a su amigo por si desde allá
la estaba viendo y porque lo echaba demasiado de menos…
Cuando él llego nuevamente a la azotea entro gritando
“mujer estás loca?, bájate de ahí, no te vayas a matar”, ella tenía un
impresionante calor y se había desabotonado la camisa, a medida que se iba
bajando del muro él la miraba y abrió
mucho lo ojos, ella volvió al suelo de la azotea, él destapo par de cervezas más,
ambos las chocaron y brindaron: por el tiempo, por los momentos buenos, por los
malos, por los amigos, por las sonrisas, por el alcohol, por los sueños, por el
amor y los deseos.
Ninguno de los dos sabe bien en que momento
empezó todo aquello, pero mágicamente estaban en el suelo otra vez, ella encima
de él, andaban besándose con una intensidad descontrolada (como nunca antes),
la magia estaba en el aire, como si los dominará, poseyéndolos, sometiéndolos a
entregarse y a acabar con el deseo que llevaban controlando desde hace mucho
tiempo, sus cuerpos juntos los hacia vibrar, ella sentía una electricidad extraña y la realidad de lo que sea que concebían,
era existente, estaba ocurriendo; ella lo deseaba, quería ser suya, sin razón y
sin motivos, poniendo al alcohol de excusa, quería que él estuviera dentro de
ella tan dentro como estaba desde hace algún tiempo atado a su alma, sus brazos
alrededor de ella, sus labios sobre sus senos, su lengua sobre sus pezones, y
él, se encontraba deseándola, por más alcohol que había ingerido él la deseaba,
la deseaba del mismo modo en que ella lo deseaba, porque aquello no era
inventando, los dos estaban besándose, los dos estaban sintiendo lo mismo, no
había forma de ocultarlo ni de evitarlo… y eso era hermoso, era bello, era
fantástico.
Nadie sabe cuántas veces ella divagaba pensando en
ese momento, en ese momento en el que sus cuerpos se unieran, el instante en el
que él reconociera que algo pasaba, ella fantaseaba con ese santiamén en el que
ambos tuvieran valentía y se habitaran para siempre; ustedes imaginen el
panorama: él, ella, una azotea, la luz de la luna, los dos en el suelo,
borrachos, ella encima de él, medio desnuda de cintura para arriba, moviéndome
sin pena, enseñándole su brasier, ambos acelerados, comiéndose, besándose, de
esos besos que te recorren internamente, él la apretaba, la apretaba fuerte
como si nunca quisiera perderla, ambos se tenían, se abrazaban enérgicamente
como si el mundo fuera acabarse y quisieran morir el uno en los brazos del otro,
tocándose, acariciándose, los dos agitados, sintiendo como palpitaban al mismo tiempo
sus corazones, ambos temblando, de miedo por si lo que estábamos haciendo no
era correcto, temblando de nervios, temblando de felicidad, temblando de amor,
temblando por perderse el respeto juntos, temblando porque ninguno quería
arruinar el momento, y retemblando porque temían que se les acabara el tiempo
(era una bonita escena para aquella primera vez entre ellos), ella lo deseaba
tanto que sintió como su corazón se detuvo y estallo en mil pedazos en el preciso
instante en el cual comenzó a mencionar aquellas palabras y sin aliento le dijo
que pararan, que ella estaba en sus días malos (esos días rojos y atravesados
por los que pasan las mujeres) y tristemente así que no podía dar el siguiente
paso que los dos ansiaban.
Ninguno recuerda mucho de esa noche, excepto
lo necesario, salvando los millones de sentimientos que quedaron al descubierto
aquella madrugada, incluido lo bien que se sentía tenerse así de cerca, hablándose
entre susurros, diciéndose mucho sin hablar, gritándose palabras solo con
mirarse, regalándose amor en cada caricia, tatuándose la piel a besos, sintiendo
como la libertad de ambos los volvía esclavos el uno del otro.
Ella
mantiene su cara de decepción en la laguna de sus recuerdos, recuerda borrosamente
como él decía que no podía hacerle eso, que viera como estaba, excitado hasta
la médula, deseando cada centímetro de su piel, tocando cada parte de su
cuerpo, los dos sudados, su respiraciones agitadas, ambos sin aliento, él se
desabrocho el pantalón y le pidió que lo viera (por encima de su bóxer se le
notaba lo erecto que su pene se encontraba), y la seguía besando, y pasando sus
manos por sus senos, su lengua chocaba con la de ella cortándole la respiración,
enfermándola de amor, él sabía cómo tocarla, como si la conociera de toda la
vida, él en menos de 30 minutos había descubierto todos sus puntos débiles, su
cuerpo vibraba como si aquellas manos fuera las únicas que pudieran causar
aquella sensación, a ella le gustaba que lo hiciera, fue una emoción divina.
Ella quisiera recordarlo todo, al pie de la letra, pero se le escapan algunos
detalles, a causa del montón de licor ingerido esa noche de madrugada borrosa.
Aunque es muy odioso esperar mucho tiempo
para vivir todo eso y no recordarlo con exactitud, ella aprendió que: “a veces
deseas tanto algo que cuando ocurre solo debes vivirlo, sentirlo y disfrutarlo,
no queda mucho chance de recordarlo”. Ambos recuerdan aquella noche en la
azotea como lo que fue: el renacer de un hombre al desear a su mejor amiga como
mujer, y la reencarnación de una mujer que se equivocaba una vez más al
enamorarse de un hombre que se había convertido en su mejor amigo.
Aunque no haya sucedido con el final que
ambos perseguían, fueron los mejores besos que han recibido sus labios, las
caricias estaban llenas de estasis, estaban sintiendo demasiado, a ella le
duele el cerebro al intentar llenar los vacíos de su mente, la carcome no poder
conmemorar bien todo lo que aconteció, pero a los dos les sobraban las ganas,
de eso no deben quedar dudas.
A ella
todo aquello le sigue llenando la cabeza preguntas y de ilusiones el alma. El
perfume de su piel le exaltaba el deseo, su piel se erizaba cuando sus manos la
tocan, él la pone aún más chiflada de lo que ya era. Él se transformó en el
pecado que podría cometer mil veces en todas sus vidas, sin lamentarse,
consciente de que su final sería el infierno porque no piensa arrepentirse por
ello, no va a retractarse; es un misterio sin resolver, una aventura sin
cometer, es delicia aun sin probar, es la imperfección de su realidad.
Ellos
son amigos, de los que ya casi no existen. Y de la noche a la mañana comenzó a
formarse un “nosotros” en ese ambiente. Era un nosotros de esos que emana un
“para siempre” sobre sus ya intoxicadas conciencias, ambos se sintieron al
borde del abismo, mientras ambos se tomaban de la mano para dejarse caer juntos
y morir o salvarse en aquel intento.
Ellos,
son dos universos rebosados de escombros por explosiones ocurridas hace
millones de años donde extraviaron partículas de sus almas que aún no hayan.
Sus almas siguen heridas y aquella madrugada borrosa ambos se dieron cuenta de
lo mucho que en ellos encajaban todos aquellos escombros, aún sin saber que juntos podían
restaurarse o terminar de extinguirse.
Ellos,
son dos catástrofes intentando arreglarse. Dos desastres perdidos en un mar de
sentimientos por el que han naufragado varias veces sin encontrar quien los
salve. Culpables de amar, culpables de sentir, culpables porque a pesar de
estar rotos siguen sintiendo.
El
amor no se cuestiona. Cualquier intento de tener razón va a caducar porque las
ganas de amar nunca van a acabar, nunca van a desaparecer, nunca se deben
contener, y en la distancia cuando llega la noche y el silencio les refresca lo
ocurrido hace un tiempo atrás ambos ríen, quizás de alegría o de pena, quién sabe?
Solo queda el sentimiento que ambos guardan en el corazón...
Solo queda el sentimiento que ambos guardan en el corazón...
Y esa sensación de algun dia poder saciar aquella sed.
-.Aksu.


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